Tengo un perro... Es pequeño, de unos cuatro kilos, negro y blanco, como con calcetines... De esos que llaman falderos. No tiene raza conocida, supongo que será el resultado de miles de cruces de perros “callejeros”. Fui por él a la perrera municipal.
Me ha mirado. Como tiene frío busca el calor de mi cuerpo. De un ágil salto se ha subido a mis piernas y duerme estirado sobre mí mientras escribo. Siento su respiración: un suave vaivén en su tórax. Sueña abandonado... Ese trocito de ser vivo confiado...
Rectifico: un perro (me) tiene...
Un humano mediano, con las piernas lo suficientemente largas para dormir en ellas... De esos a los que llaman “amos”...
Le miran y descruza las piernas para hacerle más cómodo el regazo. Le muestran la barriguita e inmediatamente extiende la mano para acariciarlo...
¡A este perro grande sin cola lo tienen bien adiestrado!
Algun@s am@s son tan tiernitos... tan domesticables... si yo fuera perr@ también tendría mis preferencias, je, je.
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